domingo, 19 de julio de 2026

LA MASACRE VELASQUISTA DEL AÑO 1975 (TESTIMONIO)

 

Probablemente la mayoría de los jóvenes no conocen un suceso que los mayores siempre recordamos. Ocurrió en el mes de febrero del año 1975, durante el gobierno militar del general Juan Velasco Alvarado, un hombre honesto pero gran resentido social, que fue el Hugo Chávez peruano. Destrozó la economía peruana con su modelo socialista. Quería hacer del Perú una copia de Cuba. Creó más de cien empresas públicas que durante años desangraron la caja fiscal con su corrupción y su ineficiencia, alimentando la inflación. ENAPU, EPCHAP, BANCO AGRARIO, ENCI, ECASA, MINERO PERÚ, HIERRO PERÚ, CPV, CENTROMÍN PERÚ, PESCAPERÚ, ENAFER, ELECTROPERÚ, BANCO MINERO, SIDERPERÚ y muchas otras. Estaban llenas de parásitos que cobraban jugosos sueldos y recibían toda clase de beneficios laborales, casi sin trabajar. Por eso, muchos rojos hasta ahora idolatran a Velasco y dicen que fue el mejor presidente de nuestra historia. Ese desastre llamado PETROPERÚ es un desagradable recuerdo de aquella época nefasta. También SEDAPAL. Por Velasco, muchos peruanos aprendimos que el estatismo es una calamidad para la estabilidad de cualquier país. Porque una regla básica de la economía que siempre se cumple, nos dice que nadie cuida lo que no es suyo. Podemos verlo en Cuba y Venezuela. Aquí lo vivimos con Velasco. Y no admitía críticas. A los opositores, los deportaba o encarcelaba. Pero también cometió un genocidio que los izquierdistas callan. Y no lo hizo en pueblos recónditos de los Andes. Lo hizo en Lima, ante los ojos de todos. Esa masacre se llevó la vida de unos doscientos peruanos, aunque el gobierno velasquista siempre dijo que solamente habían sido ochentitrés.

La guardia civil, que era la policía de aquel entonces, había sido maltratada al extremo por el régimen. Tanto en lo institucional, como en lo remunerativo. Los ánimos se enardecieron cuando se supo que, en la explanada de Palacio de Gobierno, un policía había sido abofeteado públicamente por un alto oficial del ejército. La sangre hirvió en las arterias de todos los policías. Durante muchos días estuvieron masticando su rabia y se contactaron con algunos líderes apristas que, en ese entonces, encarnaban a la oposición.

Yo tenía quince años y no era muy avispado que digamos. No tenía calle. Mi principal actividad era leer vorazmente libros, revistas, y cuanto impreso cayese en mis manos. En casa no teníamos televisor, pues los televisores en blanco y negro de aquella época, eran un lujo inalcanzable para la gran mayoría de hogares. Por eso no estábamos al tanto de las noticias, salvo cuando escuchábamos la radio.

Mi madre vendía comida en una esquina de la avenida Perú, en San Martín de Porres, distrito en el cual vivíamos. Yo era el encargado de acudir diariamente al antiguo mercado de la Parada, en La Victoria, para adquirir los insumos. Y ese día salí como siempre, ignorante de los dramáticos acontecimientos que se estaban produciendo en el centro de Lima.

Para mi sorpresa, cuando bajé del ómnibus en la cuadra seis de la Avenida Aviación, en la zona de la Parada, encontré todos los puestos cerrados. Y había una extraña efervescencia en la gente que circulaba. En ese momento yo no podía saber que la guardia civil se había declarado en huelga y que muchos efectivos policiales se habían atrincherado en el antiguo cuartel de Radio Patrulla, situado en la Avenida 28 de julio.

Sentí algo de temor al caminar entre aquella gente exaltada. Algunos de los transeúntes tenían aspecto de gente de mal vivir. Y entonces vi algo que me conmocionó.

En aquella época no existían los supermercados que hoy conocemos, como Metro, Wong y Plaza Vea. Los que había se llamaban Súper Market, Todos, Monterrey y Tiendas Tía. Precisamente en aquel momento pasaba yo delante de uno de los locales de Tiendas Tía, en donde yo alguna vez había efectuado una pequeña compra. Pude ver que una de las puertas enrollables había sido abierta por un costado y mucha gente salía con diversos productos en las manos. Alguien gritó “¡Están regalando cosas!” y yo no entendía lo que estaba pasando. Pasaron largos segundos antes de que alguien pronunciase la palabra “¡Saqueo!” y entonces, por fin, comprendí. La gente salía llevando prendas de vestir, juguetes, bolsas de alimentos y otras cosas. Había un jolgorio general. Si ustedes son de los que se indignan con los discursos interesados de los aventureros que solamente critican la corrupción de los políticos para ganar votos, sin ninguna propuesta seria, entérense ahora. Los políticos no vienen de Marte, Júpiter ni Ganímedes. Si el noventa por ciento de los políticos son unos pillos, es porque la población también es así. Ya no hay valores.

Un detalle curioso era que algunos tipos no entraban al local para participar en el saqueo, sino que esperaban junto a la puerta para arrebatar lo que pudiesen a quienes salían cargados. “¡No hay policía! ¡Róbale al ratero!” gritaban. Y todo aquello era una locura.

En ese momento recordé que llevaba en mis bolsillos el dinero para las compras, que ciertamente era una cantidad que para mi familia resultaba importante y hasta vital. Comprendí que yo estaba en riesgo en medio de tanta gente enloquecida, y me alejé un poco de aquel lugar. Mirando hacia las primeras cuadras de la avenida Aviación, entendí que aquel local de Tiendas Tía no era el único afectado. Otros comercios más pequeños también estaban siendo saqueados.

Y entonces vi y sentí el verdadero terror.

Hacía unos dos minutos había escuchado ya un ruido sordo, como de unas máquinas que se acercaban. Y entonces escuché un tableteo, que luego comprendí que era el sonido de la muerte.  Eran los tanques del ejército que, a lo lejos, estaban ametrallando a la multitud saqueadora. Venían de la avenida Grau, y avanzaban por las primeras cuadras de la avenida Aviación, acercándose al lugar donde yo estaba. La gente corría despavorida, pero no todos lograban huir. Claramente vi que algunos caían abatidos por la metralla. Comencé a correr, tratando de alejarme, y llegué hasta el cruce con la avenida México. Doblé a la derecha, caminando con rapidez, pensando que podría llegar a una zona que conociese mejor, pues todos esos lugares eran nuevos para mí. Recuerdo que, cuando entraba a la avenida México, una flotilla de aviones de la FAP sobrevoló la zona. Dentro de mi miedo, hubo un espacio para el humor, y pensé “¡La fuerza aérea contra mí!”. Aparte de eso, no pude evitar sonreír cuando vi que una tienda de muebles era saqueada, y uno de los saqueadores, muy orondo, llevaba a sus espaldas un colchón de dos plazas.

Cuando yo estaba detenido en un paradero, con la pequeña esperanza de tomar algún transporte que me acercara a alguna zona conocida, se me acercó un muchacho de unos dieciséis años, quien me entabló conversación. Era esmirriado y un poco más bajo que yo. Me inquieté pues él miraba mucho la gran bolsa de lona que yo portaba, doblada debajo de uno de mis brazos. Era la bolsa de las compras. Quien llegaba a la Parada a comprar, tenía que portar una bolsa grande, y dinero. Eso era fácil deducirlo.  Yo, muchacho de su casa como era, no me sentía preparado para enfrentar a un malandrín. Así que decidí tomar la iniciativa, para evitar darle demasiada información. Me sirvió el hecho de que él tenía varios productos en las manos, y le pregunté si los había obtenido en el saqueo.

Me dijo que había entrado a saquear a un bazar y que, al salir cargado de aquel local con todo lo robado, algunos arrebatadores le habían quitado unos frascos de perfumes muy caros. Entre gruesas imprecaciones, se lamentaba por aquella pérdida, criticando acremente la deshonestidad de aquellos ladrones que no se habían arriesgado a saquear por sí mismos. Yo preferí no hacer ningún comentario al respecto.

Me propuso caminar con dirección a la avenida Arequipa. Mi conocimiento del centro de Lima era escaso, y le pregunté si por allí podía llegar fácilmente a la Plaza Grau, uno de mis pocos lugares conocidos. Me aseguró que sí y comenzamos a caminar bajando por México. Caminamos y caminamos durante varias horas. Todos eran lugares que entonces yo no conocía. Él escogía el camino. Yo solamente lo seguía. Recuerdo que no se veía a nadie en las calles. Toda la gente estaba en sus casas. Yo no sabía que se había declarado el toque de queda.

Mi compañero desconocido se la pasaba riendo y contando historias de pandilleros. Me contaba acerca de trapacerías que había cometido y de algunas peleas que había librado. Años después de todo eso, he pensado que quizá él sentía tanto temor de mí como yo de él, y por eso quería mostrarse como un tipo duro.

Anochecía cuando llegamos a lo que parecía un parque, y el muchacho comenzó a decir, entre risas, que yo tenía aspecto de ratero. Fastidiado, levanté una mano como si fuese a golpearlo, y entonces él aprovechó aquello para echarse a correr, diciendo que yo era un delincuente peligroso. Pero lo decía entre risas.

-                 Tú eres choro, causa. Tú eres lanza. Mejor me largo.

Y desapareció de mi vista, dejándome intrigado. Comprendí que él solamente me había utilizado para hacerle compañía hasta llegar a una zona cercana a su vivienda. Como quiera que fuese, me había quedado absolutamente solo en medio de aquellas calles totalmente desconocidas para mí. Comencé a caminar tristemente, sin rumbo fijo, hasta que me topé con un transeúnte a quien le pregunté cómo podría llegar a la Plaza Grau. Nunca he olvidado lo que me dijo:

-                 Camina treinta cuadras y luego dobla a la derecha.

Lo miré con estupor, pensando que quería burlarse de mí. Luego seguí caminando, a la deriva. En eso, desde una elevada ventana de un edificio de departamentos, una muchacha me gritó:

-                 ¡Balas! ¡Corre!

En efecto, escuché algunos disparos. Y nuevamente eché a correr, sin saber a dónde ir. Me alejé unas tres cuadras. Entonces comprendí que esa noche no podría volver a casa, y que debía buscar algún lugar para guarecerme y dormir, mientras llegaba el amanecer. Anhelado amanecer.

Caminé varias cuadras por una larga avenida. Años después, he supuesto que era la avenida Arequipa. En una esquina, vi que una casa tenía un amplio jardín exterior y se podía llegar a la puerta principal porque la cerca de concreto, aunque elegante, era muy baja y la reja no estaba asegurada. Toqué el timbre y un anciano asomó por una ventana. Le expliqué mi situación y le rogué que me permitiese dormir en su jardín, bien arrimado a la cerca para no ser visto desde la calle.  Inicialmente se negó, y entonces me quebré. Dejé caer algunas lágrimas y le rogué, le supliqué.  Por suerte, se conmovió y accedió.

Pasé la noche en aquel jardín, arrimado a un arbusto y pegado a la cerca. Por suerte, era verano. De lo contrario, yo no habría podido soportar el frío. Apenas alumbró el día, me levanté y me puse a buscar un taxi. Yo jamás había tomado uno. Como tenía en mi bolsillo el dinero destinado a las compras, pude tomar uno, sin regatear el precio.  

Pasamos por el antiguo Centro Cívico, en el cruce de Garcilaso de la Vega con Bolivia. El local había sido incendiado. Varios vehículos estaban calcinados. Había soldados por todos lados, empuñando sus fusiles y con el rostro adusto. El taxista me contó que los tanques del ejército habían derribado las puertas del cuartel policial de Radio Patrulla, en la avenida 28 de julio, y ametrallado a los guardias civiles que resistieron. Hasta que llegamos a la casa multifamiliar en donde yo vivía.

Una vecina que me vio bajar del taxi, entró gritando a la casa. ¡Está vivo, vecina! ¡Su hijo está vivo! Y entonces vi a mi madre, que salió como una loca al patio común, al escuchar aquellos gritos. ¡Ah, el amor de madre! Hasta hoy se me humedecen los ojos cuando recuerdo aquellos momentos. Mi madre me abrazó durante un tiempo interminable. Todas aquellas horas, ella había sufrido indeciblemente. Mujer que luchaba sola para criar a dos hijos que no salían ni a la esquina, ver que el menor desaparecía una noche entera, la había llevado al límite. Me había buscado desesperadamente en postas médicas, hospitales, y hasta en la morgue. Me contó que, al entrar en uno de aquellos locales, vio decenas de cuerpos en el piso, muertos por herida de bala. Y, pobre madre mía, vio entonces que uno de aquellos cuerpos tenía mi contextura y vestía ropas muy parecidas a las mías. Pero tenía el rostro cubierto por un paño rojo. ¡Cuánto habría sufrido ella mientras se acercaba, entre gritos y sollozos, a destapar el rostro de aquel cadáver! ¡Cómo le habría vuelto el alma al cuerpo cuando vio que aquel infortunado no era yo!

Así fue el genocidio velasquista. Una barbarie cometida en la ciudad capital, ante los ojos de todos los peruanos. Pero los izquierdistas nunca exigieron enjuiciar a Velasco, y éste murió tranquilamente en su cama. Había creado miles de puestos de trabajo para los zánganos rojos. Para ellos, eso era y es lo verdaderamente importante. Cuando Alberto Fujimori, en su primer gobierno, privatizó aquellas empresas que eran un cáncer para la economía y botó a la calle a miles de aquellos vagos izquierdistas, éstos le juraron odio eterno. Odio que hasta hoy perdura.

Es mi testimonio de lo que vi y viví en aquellos días. Nada más.

 

jueves, 9 de julio de 2026

LIBRO ESTADOS FINANCIEROS (EDICIÓN 2026)

 

Hola, amigos. Ha salido al mercado la tercera edición de mi libro Estados Financieros, siempre por Editorial San Marcos. Es edición 2026.

Con casi total seguridad, es para mí el canto del cisne. He empleado mis últimas fuerzas en la actualización de este libro. Ya no tengo energías. Esta horrible enfermedad que me aqueja, no se detiene. Y ya está cerca de completar su obra y enviarme al otro mundo. Solamente el Creador podría frenarla y revertirla. Pero temo no merecer esa misericordia. Cometí demasiados errores en mi vida. A veces amé y otras veces fingí amar.  A veces me amaron y oras veces fingieron amarme. Mujeres, esos bellos seres sin los cuales los varones no podemos vivir. Ojalá algunas de las que iluminaron mi vida, lean estas líneas y me perdonen.

Hasta siempre.





miércoles, 6 de mayo de 2026

LA ENVIDIA, PRODUCTO PERUANO

 

A propósito del último proceso electoral, me he convencido una vez más de que en nuestro país hubiera sido imposible el surgimiento de un Henry Ford, un Bill Gates o un Elon Musk. Estos prohombres de la ciencia y de la industria, grandes impulsores del desarrollo de la humanidad, en el Perú se hubiesen topado con una maraña de envidiosos, resentidos y odiadores gratuitos, quienes no perdonan a la gente más talentosa, más trabajadora y más dispuesta a asumir riesgos. Los hubiesen saboteado, boicoteado, rechazado, expropiado o simplemente ignorado. Y es que el peruano jamás perdona el éxito ajeno. Arrastrado por la conocida blandura de su carácter, ya mencionada por José Faustino Sánchez Carrión, es capaz de perdonar al ladrón, al corrupto y hasta al asesino, pero nunca al empresario exitoso. A éste lo insulta, lo amenaza y lo sabotea. Para eso no es blando.

 

Este peculiar aspecto de la gente de estas tierras es reconocido por José Carlos Mariátegui, quien escribió: “en el Perú es necesario ser absolutamente mediocre para no ser detestado.  El talento causa miedo y rechazo”. Esta realidad la hemos percibido todos en nuestra etapa escolar. ¿Acaso no es cierto que el estudiante que se esfuerza más, es inmediatamente tachado de sobón y es objeto de las antipatías más injustas? Recuerdo, de los años de mi vida naval, a un camarada apellidado Jiménez, que mostraba en todo momento un elevado y poco común espíritu militar. Marchaba con la mayor gallardía, saludaba militarmente a todos los superiores, ordenaba su casillero mejor que un almacenero de supermercado, y cumplía celosamente sus turnos de guardia, manteniendo su fusil tan brillante como un espejo. Inmediatamente fue motejado de “patero”, y fue objeto de toda suerte de críticas y burlas. Así somos.

 

Y todo este escenario me ha hecho recordar un episodio ocurrido en el año 1981. El querido Papa Juan Pablo II fue objeto de  un atentado. Un fanático le disparó en el abdomen, y el Sumo Pontífice fue intervenido quirúrgicamente. Durante dos días, el mundo católico oró por su salud, temiendo lo peor. En nuestro país, la noticia causó conmoción. Pero un vecino de El  Agustino, Don Jorge, a quien yo conocía porque su hijo y yo éramos amigos, llegó a su casa y, al ver a su esposa y su hija llorosas y angustiadas, gritó con furia:

 

-               ¡A mí no me importa que hayan disparado al Papa! ¡Por mí, que se muera!

 

Entonces su hija le preguntó el porqué de aquel odio. Don Jorge dio una respuesta contundente:

 

-               ¡Porque ese cojudo, todos los días, come carne!

 

¿Alguien  podría imaginar a un hombre más típicamente peruano que Don Jorge? Claro que la envidia es producto de este país.

lunes, 13 de octubre de 2025

UN LOCO MUY CUERDO

 

La sencillez en el lenguaje es un don que no todos tienen. Mucho menos el sociólogo Josué Sánchez Pinillos, docente de la Facultad de Ciencias Contables de la Universidad Nacional del Callao. Hablar usando términos simples, fáciles de entender, estaba fuera de su alcance. Enseñaba los cursos de Lógica, Sociología y materias afines. En el año 1985 fue mi profesor del curso El Perú y su problemática, y aún recuerdo el día de nuestra primera clase. En ese entonces, estudiábamos en modestas aulas de ladrillos pintados de blanco y con techos de fibrocemento. Sentado en una carpeta individual, con un cigarrillo en la mano y con aires de cónsul romano, el profesor Sánchez Pinillos soltó su primer rollo:

-        Dilectos discentes, saludo vuestra presencia y solicito su alacridad. Mucho trabajaremos, y será una ventura que no tengamos ningún badanas en la nómina. Porque de que, entre ustedes, babiecas no hay, y tampoco baldragas ni barrenados, muy seguro estoy, a fe mía.

 Una alumna susurró:

 -        ¿Qué fue lo que dijo?

-        No entendí nada. – contestó otra.

 Ya con ese primer discurso, supimos que la cosa iba a estar difícil con aquel docente. Y el profesor Sánchez Pinillos continuó:

 -        Recomendación de este andragogo, es que no sintáis menoscabo por el empleo de vuestro esfuerzo, en las trayectorias periféricas de Cronos que demandará esta asignatura. Para cosechar, antes hay que sembrar, dice una antigua y sabia conseja.

 Los murmullos se escucharon otra vez.

 -        ¿Entendiste algo?

-        No estoy seguro. Creo que ha dicho que quiere echarle agua a una vieja.

 Cuando acabó la sesión y el profesor Sánchez Pinillos se retiró, los alumnos hicieron una asamblea urgente.

-        Es preciso que reclamemos. No se entiende nada de lo que dice.

-        Hay que tacharlo.

-        Tal vez es un profesor de idiomas que se confundió de aula. Leí en los diarios que en algunas Universidades iban a iniciar la difusión del esperanto, como idioma universal. Quizá es profesor de esperanto.

-        Para que nos hagan caso, busquemos el apoyo de un dirigente estudiantil.

Entonces alguien propuso llamar a Juan Samanez Pantaleón, alumno de décimo ciclo, que a mitad de carrera había llegado trasladado de una Universidad particular. Era un individuo camaleónico, que entonces pasaba por opositor furibundo de las autoridades, pero en realidad actuaba siempre buscando alguna ventaja. Todos recordábamos el incendiario discurso con el cual un día había satanizado al profesor Víctor Mere, uno de los docentes más queridos y respetados de la carrera de Contabilidad. Este profesor, que entonces era Jefe de Departamento Académico, había repartido algunos folletos informativos entre el alumnado. Juan Samanez Pantaleón, públicamente y micrófono en mano, lo vapuleó sin compasión:

-        ¡Y ese corrupto profesor Mere, líder de la mafia piurana, que reparte volantes cual diabólico canillita, queriendo tapar su falta de escrúpulos, su incapacidad y su pésima gestión!

Era aquel mismo Juan Samanez Pantaleón que, años más tarde y ya convertido en auditor tributario y docente de la Facultad en los cursos de Tributos, se presentaría en la oficina de Víctor Mere, entonces Decano, y le diría con voz meliflua:

-        Víctor, campeón. ¿Te apetece un cafecito?

Ya en sus años de alumno era fácil ver la naturaleza falsa, ofídica y traicionera de Juan Samanez Pantaleón, un hombre sin temor a Dios, sin principios y sin patriotismo. De haber sido Oficial de las fuerzas armadas, hubiese vendido secretos militares a los chilenos. De haber sido sacristán, hubiese vendido el cáliz y las hostias al mejor postor. Ni siquiera era leal a su familia. Una historia siniestra lo perseguía. Tenía una hermana menor que criaba con amor a un hermoso y rollizo gato blanco llamado Nelson. Un día en que Juan Samanez Pantaleón estaba solo en casa, pasó por allí un vecino chinchano habituado a comer suculentos guisos preparados con la carne de aquellos felinos. Juan Samanez Pantaleón, cruel y ambicioso como pocos, no dudó un momento en vender el gato de su hermanita por unos cuantos billetes. Insensible al dolor ajeno, ante sus familiares fingió sorpresa por la desaparición del animal. Ni las copiosas lágrimas de la niña ni la certeza del martirio que sufriría el infortunado animalito, hicieron mella en su ánimo.  

Además de su personalidad absolutamente malvada y desleal, Juan Samanez Pantaleón también era conocido por su irrefrenable lujuria. Necesitaba tener sexo casi todos los días. A todas sus compañeras las miraba con ojos inyectados en semen. Entre los alumnos circulaban varias historias al respecto. Se decía que era tan lujurioso que se excitaba hasta cuando veía a dos moscas haciendo el amor. Se decía también que, en cierta oportunidad, todas las alumnas de la Facultad habían acordado hacerle la ley del hielo, y no ceder ante ninguno de sus avances amorosos. Como resultado de aquel boicot romántico, Juan Samanez Pantaleón había pasado dos meses sin actividad sexual, y entonces sufrió un derrame. Pero no fue un derrame cerebral, sino un derrame seminal.

Pero volvamos a los días en que el profesor Sánchez Pinillos torturaba los cerebros de sus alumnos con su lenguaje tortuoso, abstruso, alambicado y anfractuoso.

Aquel día, al final de la asamblea, los alumnos firmaron una relación tachando al profesor Sánchez Pinillos. Por cierto, yo no firmé aquel documento, como tampoco lo firmó mi compañera Gloria Pizarro, que lo defendió con vehemencia. También acordaron buscar a Juan Samanez Pantaleón, para solicitar su apoyo. No fue tarea fácil. En aquellos tiempos no había facilidades para comunicarse, y él no asistió a la Facultad, durante dos días. Cuando por fin apareció, vimos que tenía algunos moretones en la cara y cojeaba ligeramente, por algunas lesiones recibidas. Pudimos saber entonces que Juan Samanez Pantaleón había sido asaltado por dos hampones viciosos que, desesperados por comprar droga, lo habían atracado en una calle solitaria y lo habían golpeado con saña pues, al rebuscarle sus bolsillos en busca de dinero, no hallaron ni una moneda. Solamente encontraron dos condones.

Inmediatamente, Juan Samanez Pantaleón se interesó en el tema y pidió todos los detalles del reclamo estudiantil. Se dirigió al aula y encontró allí a casi todos los quejumbrosos que habían firmado la tacha contra el profesor Sánchez Pinillos.

-        ¡Compañeros! -comenzó con su conocido estilo teatral – Es un insulto, una afrenta, una humillación, que las autoridades quieran imponer como docente de esta casa superior de estudios, a un hombre que habla en clave, en jerigonza, rajando los cráneos de los alumnos. Seguramente es un aprista, como casi todos los jefes de nuestra Universidad. Aquí somos todos peruanos y hablamos el maravilloso idioma de Cervantes. No necesitamos que ningún extraño dicte sus clases empleando rebuscados términos con los cuales, seguramente, pretende aparentar una profundidad de pensamiento que no tiene. ¡Hay que echarlo de la Universidad! ¡El pueblo, unido, jamás será vencido! ¡Palmas, compañeros!

Y contó que el profesor Sánchez Pinillos era contratado y, por tanto, fácil de tachar. También dijo que aquel docente era conocido como el Poeta Loco.

Inmediatamente formaron una comisión, encabezada por Juan Samanez Pantaleón, para hablar con el profesor Carlos Furtado, entonces Jefe de Departamento, y presionarlo para que el profesor Sánchez Pinillos fuese reemplazado por otro docente.

Llegaron a la oficina, pero, astutamente, Juan Samanez Pantaleón convenció a los demás, diciéndoles que era preferible que él entrase solo, pues el profesor Furtado era un hombre sanguíneo y fácil de exasperar. Aprovechó esa coyuntura para presionar al profesor Furtado y conseguir apoyo para su bachillerato. La flamante Ley Universitaria, dictada por el gobierno aprista, había generado mucha inquietud. Luego de media hora, salió con una sonrisa de oreja a oreja, y dijo que ya todo estaba arreglado.

Mientras tanto, mi compañera Gloria Pizarro había elaborado una lista de todos los que estábamos dispuestos a llevar el curso con el Poeta Loco. Yo también firmé esa lista. Vi entonces que el profesor Sánchez Pinillos, con semblante de preocupación, se dirigía a la oficina de Furtado, seguramente convocado por éste.

-        ¿Ahora qué hago? -le espetó Furtado–. Esa víbora de Samanez Pantaleón sabe que yo te he traído a la Universidad, y me está presionando. ¿Por qué siempre generas estos problemas?

-        La reluctancia de algunos donceles, arropados por propincuos adláteres, ha devenido en una transitoria iconoclasia -dijo el Poeta Loco.

-        ¡Carajo! ¿No puedes hablar en cristiano? ¿Quieres quedarte sin trabajo? –estalló Furtado.

Al final, todos quedaron contentos. Los alumnos quejumbrosos llevaron el curso con un profesor apellidado Espinoza, típico izquierdista casi analfabeto, que pasaba las horas haciendo exponer a los alumnos y aprobaba a todo el mundo. Por otro lado, quienes habíamos firmado la lista de apoyo al Poeta Loco, llevamos el curso con él y nos fue bien. Aprendimos muchas cosas interesantes con él, cosas que elevaron nuestro nivel cultural.  Pese a su lenguaje complicado, era un docente muy ilustrado y ameno.

Sin embargo, un día me fijé en un pequeño detalle. Antes de cada clase, el profesor Sánchez Pinillos, disimuladamente, encendía una pequeña grabadora y la escondía entre sus papeles. Amistosamente, le rogué que me explicase aquello, pues entre mis planes estaba dedicarme en algún momento a la docencia. Así, amigablemente acorralado, me confesó lo siguiente:

-        No digas esto a nadie, pero la verdad es que yo mismo no entiendo muchas de las cosas que digo en el aula. En casa, mi esposa escucha la grabación y me ayuda a comprender.

Sonreí comprensivamente, y le pedí que me mostrase alguno de sus poemas. Me alcanzó brevemente un soneto que leí y memoricé  de inmediato. No tenía nombre, pero yo lo he titulado Loconeto, pues es un soneto escrito por un hombre al que llamaron Poeta Loco, pero resultó ser más cuerdo que muchos:


LOCONETO

 

Yo sé que algunos dudan de mi cordura

creen que la niebla oscurece mi entendimiento

y que es mi principal predicamento

ser esclavo de la más penosa locura

 

No entienden que en este cerebro mío

hay un formidable exceso de neuronas

que no padece ninguna otra persona

y que genera en mi cabeza un tremendo lío

 

Tantas ideas, imágenes y pensamientos

se entrecruzan en mi mente poco a poco

que no sé hablar sin causar impedimento

 

Mas yo juro, con ardor y gran sofoco

con certeza, convicción y ardimiento

yo juro que, a mí, no me patina el coco.



viernes, 8 de agosto de 2025

VENGANZA DE MUJER

 
Así como existen personas que se desviven por el fútbol, otras que aman la música clásica y otras más que no pueden pasarlo sin bailar los fines de semana, hay quienes, sin ser gastrónomos, disfrutan con fruición de la buena comida. Y, por tanto, siempre están pendientes de los establecimientos en donde se puede degustar los mejores platos.

Maricielo Ramos era una de esas personas. Era alta, muy delgada y con piernas muy, pero muy largas. Estudiaba en la Facultad de Ciencias Contables de la Universidad Nacional del Callao, y era súper exigente con la comida. Aborrecía los restaurantes baratos que venden modestos menús proletarios, y gastaba la mayor parte de su dinero en platos costosos. Este rechazo por los platos populares se había originado en una ingrata experiencia del final de su educación secundaria. La madre de familia encargada de la cena y la fiesta de promoción de su colegio, se había gastado buena parte del dinero, y por ello recurrió a una medida desesperada para atender la cena que, según acuerdo, debía incluir como plato principal un suculento guiso de pavo. En vez de recibir presas tales como muslos, encuentro o pechuga, muchos de los comensales, entre ellos Maricielo, recibieron desafiantes y correosos pescuezos de pavo. Esto originó una acalorada disputa de los padres con la encargada, la cual insistía en que, muslo, pechuga o pescuezo, todo era pavo.

Por ese humillante episodio ella evitaba, cuando comía fuera de casa, los restaurantes baratos. Había visitado los más reputados locales de comida rápida en Lima. También había cenado en algunos restaurantes caros. Y siempre quería conocer más locales de categoría, más platos, más sabores. Era una epicúrea. Pero no caía en el vicio de la gula. Nunca comía de más. Lo que amaba no era la cantidad, sino la calidad. Eso, sumado a su especial metabolismo, le permitía mantener una figura tan esbelta que sus amigos de la Universidad se referían a ella como “La Zancuda”.

Uno de sus compañeros de estudios se llamaba Hiro.  Extremadamente bromista, se ufanaba de haber salido con más de veinte chicas de la Facultad. No era propiamente un mujeriego, pues no acostumbraba enamorar a las chicas que salían con él. Por lo menos, no a todas. Y cuando lo hacía, no era muy persistente. Lo que él realmente buscaba era flirtear, departir, bromear, y también bailar, por supuesto. No buscaba una relación romántica en toda regla. Sentía que aquello hubiese sido una atadura.  Había leído el libro El Retrato de Dorian Gray, y siempre mencionaba las palabras de Lord Henry Wotton, un personaje de aquella famosa novela escrita por Óscar Wilde:

-                Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer, mientras no la ame.

Hiro sentía que el camino apropiado para un hombre era ése: divertirse superficialmente con muchas, sin comprometerse con ninguna. En cierta oportunidad un docente entrado en años contó a algunos alumnos que, en una etapa de su vida, había sufrido mucho por los celos, y entonces Hiro replicó que los celos son señal de debilidad y que él nunca sufriría por una mujer.

-                Yo soy un hombre superado, profesor. Yo nunca podría sufrir por una mujer. Estoy blindado frente a esas cosas -aseguraba, sonriendo.

Sucedió que, en una oportunidad, Hiro resultó desaprobado en la asignatura de Gestión Pública. No había estudiado lo suficiente y, para colmo, Maricielo se negó a incluir a última hora el nombre de Hiro en un trabajo grupal que había encargado el profesor del curso. Había sido un acto de honestidad y rectitud por parte de ella, pero él guardó durante varias semanas un tenue rencor. Hasta que aquel sentimiento negativo pareció haber desaparecido.  Pero, como se supo después, algo de eso aún permanecía en su fuero interno.

Un día Hiro invitó a Maricielo para salir juntos el siguiente fin de semana. Ella, que lo apreciaba, pensó que era una excelente oportunidad para limar cualquier antigua aspereza, y aceptó de inmediato. Sin embargo, fue muy explícita al mencionar sus expectativas:

  Hiro, a mí me agrada la buena comida. Supongo que no me invitarás a cenar arroz con pollo en un local barato.

-  Pierde cuidado, Maricielo. Te prometo una experiencia espectacular que tu estómago nunca olvidará.

Y salieron juntos el siguiente sábado. Pero las cosas no resultaron como ella imaginaba. Inicialmente, Maricielo había esperado que fuesen, al menos, a un local de comida rápida con reputación como Kentucky, Mc Donalds, Pizza Hut, Pardo, Bembos o similares. Y cuando él le prometió una experiencia inolvidable, por un momento ella tuvo la esperanza de cenar en algún restaurante de la cadena de Gastón Acurio. O quizá en Maido’s. La realidad fue muy distinta.

El lunes siguiente, Maricielo llegó a la Universidad hecha una furia. Estaba roja por la cólera, y con razón. Su amiga Sayuri, que estaba enterada de su cita con Hiro, le inquirió:

-  ¿Cómo te fue? ¿Te llevó a un local de categoría? ¿Gastó mucho dinero?

Maricielo, apretando los dientes, le contó la humillación que había sufrido. Y es que el muy pillo de Hiro, en vez de llevarla a un establecimiento exclusivo como había prometido, la condujo hacia la carretilla de un emolientero. Allí pidió, para ella, un vaso de boldo y un plato de cachanga. Para él pidió un vaso de agua de piña con linaza y un pan de cebada.

-  ¿Te imaginas? -le decía indignada a su amiga -. ¡Yo esperaba un jugo de arándanos o un cóctel de frutas en un local de primer nivel, y recibo un vaso de boldo! ¡Yo me ilusionaba con un exquisito filete de ternera con champiñones, y recibo un asqueroso plato de cachanga! Nunca me había sentido tan humillada…

Entonces recordó el penoso episodio del pescuezo de pavo.

-  Hiro pagará por este escarnio -se prometió a sí misma. Y entonces se sintió mejor.

……………………………………………………………….

Maricielo preparó su venganza con toda calma. Para su suerte, tenía una amiga norteña experta en amarres, y otra que era químico farmacéutica y gran conocedora de feromonas y perfumes afrodisiacos de olor casi imperceptible, pero de probados efectos sobre los marcadores de testosterona de los varones jóvenes. También se aseguró la ayuda de su amiga Sayuri y de un compañero de muy baja estatura apellidado Cárdenas y apodado Bonsai, que comprometió su apoyo a Maricielo y se mostró dispuesto a ser el principal instrumento de su venganza. Su tridente justiciero.

Y un día todo cambió.

El asunto es que, de un momento a otro, Hiro empezó a ver a Maricielo con otros ojos. Comenzó a sentir una violenta atracción por ella. No podía evitarlo. Se ponía trémulo cuando la veía pasar. Un calor casi bochornoso abrasaba su piel cuando la tenía cerca. Si antes la trataba con una cordial indiferencia, ahora todo en ella le parecía infinitamente deseable. Inconscientemente, subía y bajaba la mirada cuando ella caminaba y se contoneaba. Sus larguísimas piernas eran motivo de un anhelo casi insoportable para Hiro. Se imaginaba a sí mismo recorriendo aquellas formidables calancas, transitando una distancia sideral, sabiendo que al final de aquel larguísimo recorrido estaban la gloria, el edén y la felicidad perpetua. Ella, hábilmente, lo trataba con calculada amabilidad, pero no permitía una cercanía excesiva. Y era un enorme padecimiento para él, pues sabía que no podía acercarse a Maricielo para hacerle una propuesta romántica después de la pesada broma del vaso de boldo y el plato de cachanga. Por lo menos, no en mucho tiempo. Y el tiempo no estaba a favor de Hiro, pues en el horizonte había aparecido un rival que parecía estar ganando terreno aceleradamente.

Era el estudiante de escaso tamaño apodado Bonsai. Este alumno nunca había sido un camarada cercano de Hiro, pero de pronto acortó las distancias con él y se hizo su amigo.

-     Estoy enamorado de la Zancuda -le confió un día. -Y parece que ella también quiere conmigo…

A Hiro se le hizo un nudo en la garganta. Apenas pudo preguntar:

-  ¿Por qué crees eso?
- Un hombre se da cuenta. Y más aún un hombre  observador como yo -se jactó Bonsai.
-  ¿Y piensas mandarte pronto con ella? -preguntó Hiro, con voz temblorosa.
-   Por supuesto. Ya la imagino entrando conmigo a un hotel. Y entonces…
-   ¿Entonces qué? -preguntó Hiro, temeroso de la respuesta.
-      Pues entonces le mandaré catorce polvos…
-     ¿Tantos? -se escandalizó Hiro.
-      Sí, catorce. Y después…
-     ¿Después qué? -preguntó Hiro, con una voz de agonía.
-       Después le arrancaré el clítoris…
-       ¡Arrancarle el clítoris! ¿Y por qué? ¿Para qué?
-        Para que no sienta placer con nadie más…

Hiro quedó conmocionado con aquella conversación. A partir de aquel día odió a Bonsai. A cada momento se repetía “malvado enano pervertido, maldito liliputiense”. Si ya de por sí los celos lo atormentaban, la posibilidad de que quien ganase el premio mayor y lograra llevar a aquella adorable mujer a la cama, fuese aquel anticipo de hombre, aquel chichón de cuy, aquel pedacito de gente, aumentaba su ira.

Pero aún iba a padecer más. Un día comenzaron a circular en la Facultad varias fotografías de una visita a la playa León Dormido. En una fotografía grupal, aparecían Bonsai y Maricielo, muy cerca uno de la otra. De por sí, eso enardeció a Hiro. Pero también circuló una fotografía que era una toma cercana del bikini que ella tenía puesto, con un detalle puntual; tanto en el top como en la braga, ambos de color rosado, estaba estampado en letras negras y cursivas el nombre de ella, Maricielo. Hiro no pudo dormir en toda la noche. Sentía y temía que el enano estaba a un paso de llegar a la cima y apropiarse de aquel monumento de mujer. De aquel maravilloso cuerpo de saltadora con garrocha.

Hasta que llegó el episodio de CORNECCOFF. Era un evento que reunía a estudiantes de contabilidad de todas las universidades del país. Aquel año se iba a realizar en Trujillo. Exposiciones y visitas guiadas, pero también juergas y, en muchos casos, desenfreno. Hiro estaba en las últimas clases del curso de idioma extranjero, y por ello no podía anotarse para el viaje. Y el corazón le dio un vuelco cuando supo que, en el último día y a última hora, Maricielo y el malvado Bonsai se habían inscrito para viajar.

Y, en efecto, ambos viajaron a Trujillo con el resto de la delegación. Hiro se quedó en Lima, abrigando funestos presentimientos. El tiempo que el grupo de estudiantes estaría en Trujillo, sería de cuatro días.

“Y tres noches”, pensaba Hiro, sintiendo un temor casi físico. Y era que, hasta entonces, jamás había sufrido por amor. Y siempre se había jactado de ello, mofándose de todos los hombres que sufrían por algún desengaño, y llamándolos "corazón de vidrio".
………………………………………………………………..
 
Fue una verdadera agonía lo que vivió Hiro durante esos días y, sobre todo, esas noches. Estuvo llamando insistentemente a Maricielo, pero ella no contestó. En la segunda noche, le contestó Sayuri, y le dijo que habían asistido a una exposición y luego a una fiesta, pero a Maricielo y Bonsai no se les veía por ningún lado, pues en mitad de aquella fiesta, se habían hecho humo. Hiro, desesperado, llamó a ambos, decenas de veces, hasta que su teléfono celular se recalentó. Y entonces sintió en sus huesos que había perdido. Que su adorada Zancuda había sucumbido ante las argucias del enano Bonsai. Que en aquellos momentos, aquel malvado liliputiense estaba practicando, con la Zancuda, todas las poses íntimas del Kamasutra, incluido el famoso doble salto mortal con patada al foco. En su dolor, llegó a imaginar que el enano estaba utilizando aquellas adorables y larguísimas calancas, para practicar salto con garrocha.

Compró algunas latas de cerveza y se encerró en su habitación, bebiendo y lamentándose. Ya un poco ebrio, lloró y entonó una conocida canción de Lucho Barrios:

Mientras que el otro
te pone altar
yo bien quisiera
cavar tu tumba
 
Y la sentida canción, himno de miles de hombres desengañados en el Perú, terminaba así:

Si él te adora
yo te desprecio
si te enaltece
yo te maldigo
 
Hiro no podía saber que toda aquella trama había sido urdida por una mujer irritada que no perdonaba el escarnio del boldo y la cachanga, y que en aquellos momentos Maricielo, Bonsai y Sayuri estaban sentados y riéndose en un comedor del hotel que albergaba a la delegación.

Pero faltaba la estocada final. Cuando Hiro estaba cantando con el pecho partido por el dolor, su teléfono celular timbró. Era un mensaje del anticipo de hombre Bonsai. Ansioso, se precipitó a visualizarlo. Luego de leerlo y ver la fotografía adjunta, dio un grito de dolor espantoso, tanto que sus hermanos, al escucharlo, creyeron que había bramado un camello.

El mensaje de Bonsai decía “Objetivo alcanzado”. Y la fotografía mostraba la braga rosada de la Zancuda, con su nombre estampado en letras negras y cursivas. La prenda estaba totalmente desgarrada, como si hubiese sido destrozada en un embate de pasión.

Y entonces Hiro, el hombre superado, el hombre blindado contra todo enamoramiento, cayó desmayado sobre el piso de parqué de su habitación.
 

martes, 22 de julio de 2025

LIBRO: MATEMÁTICA FINANCIERA Y ACTUARIAL (EDICIÓN ACTUALIZADA 2025)

 

Estimados amigos, me complace informar que ya salió al mercado la versión actualizada 2025 de mi libro MATEMÁTICA FINANCIERA Y ACTUARIAL. Sacando fuerzas de flaqueza y sobreponiéndome a la adversidad, he podido actualizar esta obra mía. Esta nueva edición tiene 574 páginas. Como siempre, la Editorial San Marcos ha confiado en mi mente, aunque los músculos no obedecen como antes. Así es la vida, cruel y brutal. Me tocó en suerte padecer esta terrible enfermedad, y no hay cosa que se pueda hacer. Solamente el Creador podría curarme.

Hay que tener ilusiones para no dejarse abatir, y mi ilusión actual es publicar un segundo libro de cuentos, y presentarlo debidamente. Sería mi obra final.

Hasta otra oportunidad, si Dios lo permite.




martes, 24 de junio de 2025

INTERESES SOBRE MULTAS TRIBUTARIAS

 

Durante muchos años, el total de la deuda tributaria (tributos, multas e intereses) se actualizó aplicando una Tasa de Interés Moratorio (TIM) que SUNAT publicaba (hasta hoy la publica) mediante Resolución de Superintendencia.

Sin embargo, una modificación en el Código Tributario cambió las cosas a partir del año 2024. Las multas tributarias han sido sustraídas de este proceso, oiga usted.

Desde enero de ese año 2024, las multas tributarias se actualizan con el interés legal efectivo. Ya no se les aplica la Tasa de Interés Moratorio de SUNAT. Repito que es por la modificación del Código Tributario.

Caso práctico

El señor Juan Sánchez Panta, docente de la UNAC y fogoso contador de las empresas ANACONDA S.R.L. y EL BOTECITO S.A. recibe, en esta última entidad, una Resolución de Multa por S/ 13,500 impuesta por SUNAT, la cual debió ser pagada el 15 marzo 2024. Es cancelada mediante transferencia bancaria el 25 setiembre 2024.

En la web de la SBS (www.sbs.gob.pe), buscamos los factores acumulados respectivos del Interés Legal Efectivo. Como son factores que se han acumulado mediante la multiplicación sistemática de los factores  diarios que resultan de la radicación del factor anual de la TIPMN [(1+TIPMN)1/360 – 1], entonces, para extraer el factor de un tramo temporal específico, procedemos a dividir el valor final entre el valor inicial. Recuerde, mi querido Procopio, mi querida Telésfora, que la operación opuesta a la multiplicación es la división.

 

Factor acumulado Interés Legal Efectivo 25/09/2024     =  8.50617   =   1.015526281

Factor acumulado Interés Legal Efectivo 15/03/2024         8.37612

 

Es el factor específico para ese tramo temporal. Si le quitamos 1, nos quedamos con la tasa específica. Aplicando esa tasa específica al principal, tenemos el interés.

 13,500 × 0.015526281 =  260.79


64.53 Multas                                                  13,500.00
40.9 Otros costos administrativos e intereses                 13,500.00 
Reconocimiento de la multa.


64.51 Intereses                                               260.79 
40.9 Otros costos administrativos e intereses                 260.79 
Reconocimiento del gasto por intereses.

40.9 Otros costos administrativos e intereses 13,760.79 
10.41 Cuentas corrientes operativas                       13,760.79 
Pago de la multa y sus intereses.


El PCGE 2019, con un criterio cuestionable, ha enviado los intereses sobre deudas tributarias a la cuenta 64.51, sin tomar en cuenta que son gastos financieros, pues se vinculan con el valor del dinero en el tiempo. Ha eliminado la antigua cuenta 67.37 que era más apropiada. Así es la vida, oiga usted.