Probablemente la mayoría de los jóvenes no conocen un
suceso que los mayores siempre recordamos. Ocurrió en el mes de febrero del año
1975, durante el gobierno militar del general Juan Velasco Alvarado, un hombre
honesto pero gran resentido social, que fue el Hugo Chávez peruano. Destrozó la
economía peruana con su modelo socialista. Quería hacer del Perú una copia de
Cuba. Creó más de cien empresas públicas que durante años desangraron la caja
fiscal con su corrupción y su ineficiencia, alimentando la inflación. ENAPU, EPCHAP, BANCO AGRARIO, ENCI,
ECASA, MINERO PERÚ, HIERRO PERÚ, CPV, CENTROMÍN PERÚ, PESCAPERÚ, ENAFER, ELECTROPERÚ,
BANCO MINERO, SIDERPERÚ y muchas otras. Estaban llenas de parásitos que
cobraban jugosos sueldos y recibían toda clase de beneficios laborales, casi sin
trabajar. Por eso, muchos rojos hasta ahora idolatran a Velasco y dicen que fue
el mejor presidente de nuestra historia. Ese desastre llamado PETROPERÚ es un desagradable
recuerdo de aquella época nefasta. También SEDAPAL. Por Velasco, muchos
peruanos aprendimos que el estatismo es una calamidad para la estabilidad de
cualquier país. Porque una regla básica de la economía que siempre se cumple,
nos dice que nadie cuida lo que no es suyo. Podemos verlo en Cuba y Venezuela.
Aquí lo vivimos con Velasco. Y no admitía críticas. A los opositores, los
deportaba o encarcelaba. Pero también cometió un genocidio que los
izquierdistas callan. Y no lo hizo en pueblos recónditos de los Andes. Lo hizo
en Lima, ante los ojos de todos. Esa masacre se llevó la vida de unos
doscientos peruanos, aunque el gobierno velasquista siempre dijo que solamente habían
sido ochentitrés.
La guardia civil, que era la policía de aquel
entonces, había sido maltratada al extremo por el régimen. Tanto en lo
institucional, como en lo remunerativo. Los ánimos se enardecieron cuando se
supo que, en la explanada de Palacio de Gobierno, un policía había sido
abofeteado públicamente por un alto oficial del ejército. La sangre hirvió en
las arterias de todos los policías. Durante muchos días estuvieron masticando
su rabia y se contactaron con algunos líderes apristas que, en ese entonces,
encarnaban a la oposición.
Yo tenía quince años y no era muy avispado que
digamos. No tenía calle. Mi principal actividad era leer vorazmente libros,
revistas, y cuanto impreso cayese en mis manos. En casa no teníamos televisor,
pues los televisores en blanco y negro de aquella época, eran un lujo
inalcanzable para la gran mayoría de hogares. Por eso no estábamos al tanto de
las noticias, salvo cuando escuchábamos la radio.
Mi madre vendía comida en una esquina de la avenida
Perú, en San Martín de Porres, distrito en el cual vivíamos. Yo era el
encargado de acudir diariamente al antiguo mercado de la Parada, en La Victoria,
para adquirir los insumos. Y ese día salí como siempre, ignorante de los
dramáticos acontecimientos que se estaban produciendo en el centro de Lima.
Para mi sorpresa, cuando bajé del ómnibus en la cuadra
seis de la Avenida Aviación, en la zona de la Parada, encontré todos los
puestos cerrados. Y había una extraña efervescencia en la gente que circulaba.
En ese momento yo no podía saber que la guardia civil se había declarado en
huelga y que muchos efectivos policiales se habían atrincherado en el antiguo
cuartel de Radio Patrulla, situado en la Avenida 28 de julio.
Sentí algo de temor al caminar entre aquella gente
exaltada. Algunos de los transeúntes tenían aspecto de gente de mal vivir. Y
entonces vi algo que me conmocionó.
En aquella época no existían los supermercados que hoy
conocemos, como Metro, Wong y Plaza Vea. Los que había se llamaban Súper Market,
Todos, Monterrey y Tiendas Tía. Precisamente en aquel momento pasaba yo delante
de uno de los locales de Tiendas Tía, en donde yo alguna vez había efectuado
una pequeña compra. Pude ver que una de las puertas enrollables había sido
abierta por un costado y mucha gente salía con diversos productos en las manos.
Alguien gritó “¡Están regalando cosas!” y yo no entendía lo que estaba pasando.
Pasaron largos segundos antes de que alguien pronunciase la palabra “¡Saqueo!”
y entonces, por fin, comprendí. La gente salía llevando prendas de vestir,
juguetes, bolsas de alimentos y otras cosas. Había un jolgorio general. Si ustedes
son de los que se indignan con los discursos interesados de los aventureros que
solamente critican la corrupción de los políticos para ganar votos, sin ninguna
propuesta seria, entérense ahora. Los políticos no vienen de Marte, Júpiter ni
Ganímedes. Si el noventa por ciento de los políticos son unos pillos, es porque
la población también es así. Ya no hay valores.
Un detalle curioso era que algunos tipos no entraban
al local para participar en el saqueo, sino que esperaban junto a la puerta
para arrebatar lo que pudiesen a quienes salían cargados. “¡No hay policía! ¡Róbale
al ratero!” gritaban. Y todo aquello era una locura.
En ese momento recordé que llevaba en mis bolsillos el
dinero para las compras, que ciertamente era una cantidad que para mi familia
resultaba importante y hasta vital. Comprendí que yo estaba en riesgo en medio
de tanta gente enloquecida, y me alejé un poco de aquel lugar. Mirando hacia
las primeras cuadras de la avenida Aviación, entendí que aquel local de Tiendas
Tía no era el único afectado. Otros comercios más pequeños también estaban
siendo saqueados.
Y entonces vi y sentí el verdadero terror.
Hacía unos dos minutos había escuchado ya un ruido
sordo, como de unas máquinas que se acercaban. Y entonces escuché un tableteo,
que luego comprendí que era el sonido de la muerte. Eran los tanques del ejército que, a lo
lejos, estaban ametrallando a la multitud saqueadora. Venían de la avenida
Grau, y avanzaban por las primeras cuadras de la avenida Aviación, acercándose
al lugar donde yo estaba. La gente corría despavorida, pero no todos lograban
huir. Claramente vi que algunos caían abatidos por la metralla. Comencé a
correr, tratando de alejarme, y llegué hasta el cruce con la avenida México.
Doblé a la derecha, caminando con rapidez, pensando que podría llegar a una
zona que conociese mejor, pues todos esos lugares eran nuevos para mí. Recuerdo
que, cuando entraba a la avenida México, una flotilla de aviones de la FAP sobrevoló
la zona. Dentro de mi miedo, hubo un espacio para el humor, y pensé “¡La fuerza
aérea contra mí!”. Aparte de eso, no pude evitar sonreír cuando vi que una
tienda de muebles era saqueada, y uno de los saqueadores, muy orondo, llevaba a
sus espaldas un colchón de dos plazas.
Cuando yo estaba detenido en un paradero, con la
pequeña esperanza de tomar algún transporte que me acercara a alguna zona
conocida, se me acercó un muchacho de unos dieciséis años, quien me entabló
conversación. Era esmirriado y un poco más bajo que yo. Me inquieté pues él miraba
mucho la gran bolsa de lona que yo portaba, doblada debajo de uno de mis
brazos. Era la bolsa de las compras. Quien llegaba a la Parada a comprar, tenía
que portar una bolsa grande, y dinero. Eso era fácil deducirlo. Yo, muchacho de su casa como era, no me
sentía preparado para enfrentar a un malandrín. Así que decidí tomar la
iniciativa, para evitar darle demasiada información. Me sirvió el hecho de que
él tenía varios productos en las manos, y le pregunté si los había obtenido en
el saqueo.
Me dijo que había entrado a saquear a un bazar y que,
al salir cargado de aquel local con todo lo robado, algunos arrebatadores le
habían quitado unos frascos de perfumes muy caros. Entre gruesas imprecaciones,
se lamentaba por aquella pérdida, criticando acremente la deshonestidad de aquellos
ladrones que no se habían arriesgado a saquear por sí mismos. Yo preferí no
hacer ningún comentario al respecto.
Me propuso caminar con dirección a la avenida
Arequipa. Mi conocimiento del centro de Lima era escaso, y le pregunté si por
allí podía llegar fácilmente a la Plaza Grau, uno de mis pocos lugares
conocidos. Me aseguró que sí y comenzamos a caminar bajando por México.
Caminamos y caminamos durante varias horas. Todos eran lugares que entonces yo
no conocía. Él escogía el camino. Yo solamente lo seguía. Recuerdo que no se
veía a nadie en las calles. Toda la gente estaba en sus casas. Yo no sabía que
se había declarado el toque de queda.
Mi compañero desconocido se la pasaba riendo y
contando historias de pandilleros. Me contaba acerca de trapacerías que había
cometido y de algunas peleas que había librado. Años después de todo eso, he
pensado que quizá él sentía tanto temor de mí como yo de él, y por eso quería
mostrarse como un tipo duro.
Anochecía cuando llegamos a lo que parecía un parque,
y el muchacho comenzó a decir, entre risas, que yo tenía aspecto de ratero.
Fastidiado, levanté una mano como si fuese a golpearlo, y entonces él aprovechó
aquello para echarse a correr, diciendo que yo era un delincuente peligroso.
Pero lo decía entre risas.
-
Tú eres choro, causa. Tú eres lanza. Mejor me largo.
Y desapareció de mi vista, dejándome intrigado.
Comprendí que él solamente me había utilizado para hacerle compañía hasta
llegar a una zona cercana a su vivienda. Como quiera que fuese, me había
quedado absolutamente solo en medio de aquellas calles totalmente desconocidas
para mí. Comencé a caminar tristemente, sin rumbo fijo, hasta que me topé con
un transeúnte a quien le pregunté cómo podría llegar a la Plaza Grau. Nunca he
olvidado lo que me dijo:
-
Camina treinta cuadras y luego dobla a la derecha.
Lo miré con estupor, pensando que quería burlarse de
mí. Luego seguí caminando, a la deriva. En eso, desde una elevada ventana de un
edificio de departamentos, una muchacha me gritó:
-
¡Balas! ¡Corre!
En efecto, escuché algunos disparos. Y nuevamente eché
a correr, sin saber a dónde ir. Me alejé unas tres cuadras. Entonces comprendí
que esa noche no podría volver a casa, y que debía buscar algún lugar para
guarecerme y dormir, mientras llegaba el amanecer. Anhelado amanecer.
Caminé varias cuadras por una larga avenida. Años
después, he supuesto que era la avenida Arequipa. En una esquina, vi que una
casa tenía un amplio jardín exterior y se podía llegar a la puerta principal
porque la cerca de concreto, aunque elegante, era muy baja y la reja no estaba
asegurada. Toqué el timbre y un anciano asomó por una ventana. Le expliqué mi
situación y le rogué que me permitiese dormir en su jardín, bien arrimado a la
cerca para no ser visto desde la calle. Inicialmente
se negó, y entonces me quebré. Dejé caer algunas lágrimas y le rogué, le
supliqué. Por suerte, se conmovió y
accedió.
Pasé la noche en aquel jardín, arrimado a un arbusto y
pegado a la cerca. Por suerte, era verano. De lo contrario, yo no habría podido
soportar el frío. Apenas alumbró el día, me levanté y me puse a buscar un taxi.
Yo jamás había tomado uno. Como tenía en mi bolsillo el dinero destinado a las
compras, pude tomar uno, sin regatear el precio.
Pasamos por el antiguo Centro Cívico, en el cruce de
Garcilaso de la Vega con Bolivia. El local había sido incendiado. Varios
vehículos estaban calcinados. Había soldados por todos lados, empuñando sus
fusiles y con el rostro adusto. El taxista me contó que los tanques del
ejército habían derribado las puertas del cuartel policial de Radio Patrulla,
en la avenida 28 de julio, y ametrallado a los guardias civiles que
resistieron. Hasta que llegamos a la casa multifamiliar en donde yo vivía.
Una vecina que me vio bajar del taxi, entró gritando a
la casa. ¡Está vivo, vecina! ¡Su hijo está vivo! Y entonces vi a mi madre, que
salió como una loca al patio común, al escuchar aquellos gritos. ¡Ah, el amor
de madre! Hasta hoy se me humedecen los ojos cuando recuerdo aquellos momentos.
Mi madre me abrazó durante un tiempo interminable. Todas aquellas horas, ella
había sufrido indeciblemente. Mujer que luchaba sola para criar a dos hijos que
no salían ni a la esquina, ver que el menor desaparecía una noche entera, la
había llevado al límite. Me había buscado desesperadamente en postas médicas, hospitales,
y hasta en la morgue. Me contó que, al entrar en uno de aquellos locales, vio
decenas de cuerpos en el piso, muertos por herida de bala. Y, pobre madre mía,
vio entonces que uno de aquellos cuerpos tenía mi contextura y vestía ropas muy
parecidas a las mías. Pero tenía el rostro cubierto por un paño rojo. ¡Cuánto
habría sufrido ella mientras se acercaba, entre gritos y sollozos, a destapar
el rostro de aquel cadáver! ¡Cómo le habría vuelto el alma al cuerpo cuando vio
que aquel infortunado no era yo!
Así fue el genocidio velasquista. Una barbarie
cometida en la ciudad capital, ante los ojos de todos los peruanos. Pero los
izquierdistas nunca exigieron enjuiciar a Velasco, y éste murió tranquilamente
en su cama. Había creado miles de puestos de trabajo para los zánganos rojos.
Para ellos, eso era y es lo verdaderamente importante. Cuando Alberto Fujimori,
en su primer gobierno, privatizó aquellas empresas que eran un cáncer para la
economía y botó a la calle a miles de aquellos vagos izquierdistas, éstos le
juraron odio eterno. Odio que hasta hoy perdura.
Es mi testimonio de lo que vi y viví en aquellos días.
Nada más.

