Así como existen personas que se desviven por el
fútbol, otras que aman la música clásica y otras más que no pueden pasarlo sin
bailar los fines de semana, hay quienes, sin ser gastrónomos, disfrutan con
fruición de la buena comida. Y, por tanto, siempre están pendientes de los
establecimientos en donde se puede degustar los mejores platos.
Maricielo Ramos era una de esas personas. Era alta,
muy delgada y con piernas muy, pero muy largas. Estudiaba en la Facultad de
Ciencias Contables de la Universidad Nacional del Callao, y era súper exigente
con la comida. Aborrecía los restaurantes baratos que venden modestos menús
proletarios, y gastaba la mayor parte de su dinero en platos costosos. Este
rechazo por los platos populares se había originado en una ingrata experiencia
del final de su educación secundaria. La madre de familia encargada de la cena
y la fiesta de promoción de su colegio, se había gastado buena parte del
dinero, y por ello recurrió a una medida desesperada para atender la cena que,
según acuerdo, debía incluir como plato principal un suculento guiso de pavo.
En vez de recibir presas tales como muslos, encuentro o pechuga, muchos de los
comensales, entre ellos Maricielo, recibieron desafiantes y correosos pescuezos
de pavo. Esto originó una acalorada disputa de los padres con la encargada, la
cual insistía en que, muslo, pechuga o pescuezo, todo era pavo.
Por ese humillante episodio ella evitaba, cuando comía
fuera de casa, los restaurantes baratos. Había visitado los más reputados
locales de comida rápida en Lima. También había cenado en algunos restaurantes
caros. Y siempre quería conocer más locales de categoría, más platos, más
sabores. Era una epicúrea. Pero no caía en el vicio de la gula. Nunca comía de
más. Lo que amaba no era la cantidad, sino la calidad. Eso, sumado a su
especial metabolismo, le permitía mantener una figura tan esbelta que sus
amigos de la Universidad se referían a ella como “La Zancuda”.
Uno de sus compañeros de estudios se llamaba
Hiro. Extremadamente bromista, se ufanaba
de haber salido con más de veinte chicas de la Facultad. No era propiamente un
mujeriego, pues no acostumbraba enamorar a las chicas que salían con él. Por lo
menos, no a todas. Y cuando lo hacía, no era muy persistente. Lo que él
realmente buscaba era flirtear, departir, bromear, y también bailar, por
supuesto. No buscaba una relación romántica en toda regla. Sentía que aquello
hubiese sido una atadura. Había leído el
libro El Retrato de Dorian Gray, y siempre mencionaba las palabras de Lord
Henry Wotton, un personaje de aquella famosa novela escrita por Óscar Wilde:
-
Un
hombre puede ser feliz con cualquier mujer, mientras no la ame.
Hiro sentía que el camino apropiado para un hombre era
ése: divertirse superficialmente con muchas, sin comprometerse con ninguna. En
cierta oportunidad un docente entrado en años contó a algunos alumnos que, en
una etapa de su vida, había sufrido mucho por los celos, y entonces Hiro
replicó que los celos son señal de debilidad y que él nunca sufriría por una
mujer.
-
Yo soy
un hombre superado, profesor. Yo nunca podría sufrir por una mujer. Estoy
blindado frente a esas cosas -aseguraba, sonriendo.
Sucedió que, en una oportunidad, Hiro resultó
desaprobado en la asignatura de Gestión Pública. No había estudiado lo
suficiente y, para colmo, Maricielo se negó a incluir a última hora el nombre
de Hiro en un trabajo grupal que había encargado el profesor del curso. Había
sido un acto de honestidad y rectitud por parte de ella, pero él guardó durante
varias semanas un tenue rencor. Hasta que aquel sentimiento negativo pareció
haber desaparecido. Pero, como se supo
después, algo de eso aún permanecía en su fuero interno.
Un día Hiro invitó a Maricielo para salir juntos el
siguiente fin de semana. Ella, que lo apreciaba, pensó que era una excelente
oportunidad para limar cualquier antigua aspereza, y aceptó de inmediato. Sin embargo, fue muy explícita al mencionar sus expectativas:
- Hiro,
a mí me agrada la buena comida. Supongo que no me invitarás a cenar arroz con
pollo en un local barato.
- Pierde
cuidado, Maricielo. Te prometo una experiencia espectacular que tu estómago
nunca olvidará.
Y salieron juntos el siguiente sábado. Pero las cosas
no resultaron como ella imaginaba. Inicialmente, Maricielo había esperado que
fuesen, al menos, a un local de comida rápida con reputación como Kentucky, Mc
Donalds, Pizza Hut, Pardo, Bembos o similares. Y cuando él le prometió una
experiencia inolvidable, por un momento ella tuvo la esperanza de cenar en
algún restaurante de la cadena de Gastón Acurio. O quizá en Maido’s. La
realidad fue muy distinta.
El lunes siguiente, Maricielo llegó a la Universidad
hecha una furia. Estaba roja por la cólera, y con razón. Su amiga Sayuri, que
estaba enterada de su cita con Hiro, le inquirió:
- ¿Cómo
te fue? ¿Te llevó a un local de categoría? ¿Gastó mucho dinero?
Maricielo, apretando los dientes, le contó la
humillación que había sufrido. Y es que el muy pillo de Hiro, en vez de
llevarla a un establecimiento exclusivo como había prometido, la condujo hacia
la carretilla de un emolientero. Allí pidió, para ella, un vaso de boldo y un
plato de cachanga. Para él pidió un vaso de agua de piña con linaza y un pan de
cebada.
- ¿Te
imaginas? -le decía indignada a su amiga -. ¡Yo esperaba un jugo de arándanos o
un cóctel de frutas en un local de primer nivel, y recibo un vaso de boldo! ¡Yo
me ilusionaba con un exquisito filete de ternera con champiñones, y recibo un
asqueroso plato de cachanga! Nunca me había sentido tan humillada…
Entonces recordó el penoso episodio del pescuezo de
pavo.
- Hiro
pagará por este escarnio -se prometió a sí misma. Y entonces se sintió mejor.
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Maricielo preparó su venganza con toda calma. Para su
suerte, tenía una amiga norteña experta en amarres, y otra que era químico
farmacéutica y gran conocedora de feromonas y perfumes afrodisiacos de olor
casi imperceptible, pero de probados efectos sobre los marcadores de
testosterona de los varones jóvenes. También se aseguró la ayuda de su amiga
Sayuri y de un compañero de muy baja estatura apellidado Cárdenas y apodado Bonsai,
que comprometió su apoyo a Maricielo y se mostró dispuesto a ser el principal
instrumento de su venganza. Su tridente justiciero.
Y un día todo cambió.
El asunto es que, de un momento a otro, Hiro empezó a
ver a Maricielo con otros ojos. Comenzó a sentir una violenta atracción por
ella. No podía evitarlo. Se ponía trémulo cuando la veía pasar. Un calor casi
bochornoso abrasaba su piel cuando la tenía cerca. Si antes la trataba con una
cordial indiferencia, ahora todo en ella le parecía infinitamente deseable.
Inconscientemente, subía y bajaba la mirada cuando ella caminaba y se contoneaba.
Sus larguísimas piernas eran motivo de un anhelo casi insoportable para Hiro.
Se imaginaba a sí mismo recorriendo aquellas formidables calancas, transitando
una distancia sideral, sabiendo que al final de aquel larguísimo recorrido
estaban la gloria, el edén y la felicidad perpetua. Ella, hábilmente, lo
trataba con calculada amabilidad, pero no permitía una cercanía excesiva. Y era
un enorme padecimiento para él, pues sabía que no podía acercarse a Maricielo
para hacerle una propuesta romántica después de la pesada broma del vaso de
boldo y el plato de cachanga. Por lo menos, no en mucho tiempo. Y el tiempo no
estaba a favor de Hiro, pues en el horizonte había aparecido un rival que
parecía estar ganando terreno aceleradamente.
Era el estudiante de escaso tamaño apodado Bonsai.
Este alumno nunca había sido un camarada cercano de Hiro, pero de pronto acortó
las distancias con él y se hizo su amigo.
- Estoy
enamorado de la Zancuda -le confió un día. -Y parece que ella también quiere
conmigo…
A Hiro se le hizo un nudo en la garganta. Apenas pudo
preguntar:
- ¿Por
qué crees eso?
- Un
hombre se da cuenta. Y más aún un hombre observador como yo -se jactó Bonsai.
- ¿Y
piensas mandarte pronto con ella? -preguntó Hiro, con voz temblorosa.
- Por
supuesto. Ya la imagino entrando conmigo a un hotel. Y entonces…
- ¿Entonces
qué? -preguntó Hiro, temeroso de la respuesta.
- Pues
entonces le mandaré catorce polvos…
- ¿Tantos?
-se escandalizó Hiro.
- Sí,
catorce. Y después…
- ¿Después
qué? -preguntó Hiro, con una voz de agonía.
- Después
le arrancaré el clítoris…
- ¡Arrancarle
el clítoris! ¿Y por qué? ¿Para qué?
- Para
que no sienta placer con nadie más…
Hiro quedó conmocionado con aquella conversación. A
partir de aquel día odió a Bonsai. A cada momento se repetía “malvado
enano pervertido, maldito liliputiense”. Si ya de por sí los celos lo
atormentaban, la posibilidad de que quien ganase el premio mayor y lograra
llevar a aquella adorable mujer a la cama, fuese aquel anticipo de hombre,
aquel chichón de cuy, aquel pedacito de gente, aumentaba su ira.
Pero aún iba a padecer más. Un día comenzaron a
circular en la Facultad varias fotografías de una visita a la playa León
Dormido. En una fotografía grupal, aparecían Bonsai y Maricielo, muy
cerca uno de la otra. De por sí, eso enardeció a Hiro. Pero también circuló una
fotografía que era una toma cercana del bikini que ella tenía puesto, con un
detalle puntual; tanto en el top como en la braga, ambos de color rosado, estaba
estampado en letras negras y cursivas el nombre de ella, Maricielo. Hiro no
pudo dormir en toda la noche. Sentía y temía que el enano estaba a un paso de
llegar a la cima y apropiarse de aquel monumento de mujer. De aquel maravilloso
cuerpo de saltadora con garrocha.
Hasta que llegó el episodio de CORNECCOFF. Era un
evento que reunía a estudiantes de contabilidad de todas las universidades del
país. Aquel año se iba a realizar en Trujillo. Exposiciones y visitas guiadas,
pero también juergas y, en muchos casos, desenfreno. Hiro estaba en las últimas
clases del curso de idioma extranjero, y por ello no podía anotarse para el
viaje. Y el corazón le dio un vuelco cuando supo que, en el último día y a
última hora, Maricielo y el malvado Bonsai se habían inscrito para
viajar.
Y, en efecto, ambos viajaron a Trujillo con el resto
de la delegación. Hiro se quedó en Lima, abrigando funestos presentimientos. El
tiempo que el grupo de estudiantes estaría en Trujillo, sería de cuatro días.
“Y tres noches”, pensaba Hiro, sintiendo un temor casi
físico. Y era que, hasta entonces, jamás había sufrido por amor. Y siempre se había jactado de ello, mofándose de todos los hombres que sufrían por algún desengaño, y llamándolos "corazón de vidrio".
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Fue una verdadera agonía lo que vivió Hiro durante
esos días y, sobre todo, esas noches. Estuvo llamando insistentemente a
Maricielo, pero ella no contestó. En la segunda noche, le contestó Sayuri, y le
dijo que habían asistido a una exposición y luego a una fiesta, pero a
Maricielo y Bonsai no se les veía por ningún lado, pues en mitad de
aquella fiesta, se habían hecho humo. Hiro, desesperado, llamó a ambos, decenas
de veces, hasta que su teléfono celular se recalentó. Y entonces sintió en sus
huesos que había perdido. Que su adorada Zancuda había sucumbido ante las
argucias del enano Bonsai. Que en aquellos momentos, aquel malvado
liliputiense estaba practicando, con la Zancuda, todas las poses íntimas del
Kamasutra, incluido el famoso doble salto mortal con patada al foco. En su dolor,
llegó a imaginar que el enano estaba utilizando aquellas adorables y
larguísimas calancas, para practicar salto con garrocha.
Compró algunas latas de cerveza y se encerró en su
habitación, bebiendo y lamentándose. Ya un poco ebrio, lloró y entonó una
conocida canción de Lucho Barrios:
Mientras
que el otro
te
pone altar
yo
bien quisiera
cavar
tu tumba
Y la sentida canción, himno de miles de hombres desengañados
en el Perú, terminaba así:
Si
él te adora
yo
te desprecio
si
te enaltece
yo
te maldigo
Hiro no podía saber que toda aquella trama había sido
urdida por una mujer irritada que no perdonaba el escarnio del boldo y la
cachanga, y que en aquellos momentos Maricielo, Bonsai y Sayuri estaban
sentados y riéndose en un comedor del hotel que albergaba a la delegación.
Pero faltaba la estocada final. Cuando Hiro estaba
cantando con el pecho partido por el dolor, su teléfono celular timbró. Era un
mensaje del anticipo de hombre Bonsai. Ansioso, se precipitó a
visualizarlo. Luego de leerlo y ver la fotografía adjunta, dio un grito de
dolor espantoso, tanto que sus hermanos, al escucharlo, creyeron que había
bramado un camello.
El mensaje de Bonsai decía “Objetivo
alcanzado”. Y la fotografía mostraba la braga rosada de la Zancuda, con su
nombre estampado en letras negras y cursivas. La prenda estaba totalmente
desgarrada, como si hubiese sido destrozada en un embate de pasión.
Y entonces Hiro, el hombre superado, el hombre
blindado contra todo enamoramiento, cayó desmayado sobre el piso de parqué de su habitación.