A propósito del último proceso electoral, me he
convencido una vez más de que en nuestro país hubiera sido imposible el
surgimiento de un Henry Ford, un Bill Gates o un Elon Musk. Estos prohombres de
la ciencia y de la industria, grandes impulsores del desarrollo de la humanidad,
en el Perú se hubiesen topado con una maraña de envidiosos, resentidos y
odiadores gratuitos, quienes no perdonan a la gente más talentosa, más
trabajadora y más dispuesta a asumir riesgos. Los hubiesen saboteado,
boicoteado, rechazado, expropiado o simplemente ignorado. Y es que el peruano
jamás perdona el éxito ajeno. Arrastrado por la conocida blandura de su
carácter, ya mencionada por José Faustino Sánchez Carrión, es capaz de perdonar
al ladrón, al corrupto y hasta al asesino, pero nunca al empresario exitoso. A éste
lo insulta, lo amenaza y lo sabotea. Para eso no es blando.
Este peculiar aspecto de la gente de estas tierras es
reconocido por José Carlos Mariátegui, quien escribió: “en el Perú es necesario
ser absolutamente mediocre para no ser detestado. El talento causa miedo y rechazo”. Esta
realidad la hemos percibido todos en nuestra etapa escolar. ¿Acaso no es cierto
que el estudiante que se esfuerza más, es inmediatamente tachado de sobón y es
objeto de las antipatías más injustas? Recuerdo, de los años de mi vida naval,
a un camarada apellidado Jiménez, que mostraba en todo momento un elevado y
poco común espíritu militar. Marchaba con la mayor gallardía, saludaba
militarmente a todos los superiores, ordenaba su casillero mejor que un
almacenero de supermercado, y cumplía celosamente sus turnos de guardia,
manteniendo su fusil tan brillante como un espejo. Inmediatamente fue motejado
de “patero”, y fue objeto de toda suerte de críticas y burlas. Así somos.
Y todo este escenario me ha hecho recordar un episodio
ocurrido en el año 1981. El querido Papa Juan Pablo II fue objeto de un atentado. Un fanático le disparó en el
abdomen, y el Sumo Pontífice fue intervenido quirúrgicamente. Durante dos días,
el mundo católico oró por su salud, temiendo lo peor. En nuestro país, la
noticia causó conmoción. Pero un vecino de El
Agustino, Don Jorge, a quien yo conocía porque su hijo y yo éramos
amigos, llegó a su casa y, al ver a su esposa y su hija llorosas y angustiadas,
gritó con furia:
-
¡A mí
no me importa que hayan disparado al Papa! ¡Por mí, que se muera!
Entonces su hija le preguntó el porqué de aquel odio.
Don Jorge dio una respuesta contundente:
-
¡Porque
ese cojudo, todos los días, come carne!
¿Alguien podría
imaginar a un hombre más típicamente peruano que Don Jorge? Claro que la
envidia es producto de este país.
No hay comentarios:
Publicar un comentario