miércoles, 6 de mayo de 2026

LA ENVIDIA, PRODUCTO PERUANO

 

A propósito del último proceso electoral, me he convencido una vez más de que en nuestro país hubiera sido imposible el surgimiento de un Henry Ford, un Bill Gates o un Elon Musk. Estos prohombres de la ciencia y de la industria, grandes impulsores del desarrollo de la humanidad, en el Perú se hubiesen topado con una maraña de envidiosos, resentidos y odiadores gratuitos, quienes no perdonan a la gente más talentosa, más trabajadora y más dispuesta a asumir riesgos. Los hubiesen saboteado, boicoteado, rechazado, expropiado o simplemente ignorado. Y es que el peruano jamás perdona el éxito ajeno. Arrastrado por la conocida blandura de su carácter, ya mencionada por José Faustino Sánchez Carrión, es capaz de perdonar al ladrón, al corrupto y hasta al asesino, pero nunca al empresario exitoso. A éste lo insulta, lo amenaza y lo sabotea. Para eso no es blando.

 

Este peculiar aspecto de la gente de estas tierras es reconocido por José Carlos Mariátegui, quien escribió: “en el Perú es necesario ser absolutamente mediocre para no ser detestado.  El talento causa miedo y rechazo”. Esta realidad la hemos percibido todos en nuestra etapa escolar. ¿Acaso no es cierto que el estudiante que se esfuerza más, es inmediatamente tachado de sobón y es objeto de las antipatías más injustas? Recuerdo, de los años de mi vida naval, a un camarada apellidado Jiménez, que mostraba en todo momento un elevado y poco común espíritu militar. Marchaba con la mayor gallardía, saludaba militarmente a todos los superiores, ordenaba su casillero mejor que un almacenero de supermercado, y cumplía celosamente sus turnos de guardia, manteniendo su fusil tan brillante como un espejo. Inmediatamente fue motejado de “patero”, y fue objeto de toda suerte de críticas y burlas. Así somos.

 

Y todo este escenario me ha hecho recordar un episodio ocurrido en el año 1981. El querido Papa Juan Pablo II fue objeto de  un atentado. Un fanático le disparó en el abdomen, y el Sumo Pontífice fue intervenido quirúrgicamente. Durante dos días, el mundo católico oró por su salud, temiendo lo peor. En nuestro país, la noticia causó conmoción. Pero un vecino de El  Agustino, Don Jorge, a quien yo conocía porque su hijo y yo éramos amigos, llegó a su casa y, al ver a su esposa y su hija llorosas y angustiadas, gritó con furia:

 

-               ¡A mí no me importa que hayan disparado al Papa! ¡Por mí, que se muera!

 

Entonces su hija le preguntó el porqué de aquel odio. Don Jorge dio una respuesta contundente:

 

-               ¡Porque ese cojudo, todos los días, come carne!

 

¿Alguien  podría imaginar a un hombre más típicamente peruano que Don Jorge? Claro que la envidia es producto de este país.

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